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Es un grupo que completó el cursado pero no pudieron terminar la carrera. Les reconocen las materias y cursarán los fines de semana.
Uno de ellos se recibirá junto a su hijo.

Por Horacio Yacante En Twitter @horayacante

Argentina busca nuevos ingenieros para satisfacer al sistema productivo, pero también necesita de la pericia y experiencia de quienes construyeron la historia del país a base de renuncias y su entrega absoluta. Con esta prerrogativa, desde la UTN Facultad Regional Mendoza diseñaron una herramienta de terminalidad de estudios para un grupo de 45 estudiantes de más de 50 años, que cursaron la Ingeniería en Construcciones (hoy Civil), y que por diversos motivos no pudieron recibirse. Cada una de sus historias justifica los lineamientos del plan trazado por la universidad.

Tres décadas atrás, Alberto Ragallo dejó de pelearse con los profesores de la facultad para ponerle el hombro a la carrera de su esposa –hoy arquitecta–, a la familia que acababan de formar, a sus hijos (David y Fernando) que completaron el hogar, y a una carrera profesional hecha con mucho esfuerzo. Corrían los años oscuros de la última dictadura y él también sintió en su corazón que perdía una batalla. Hoy la entiende como un aplazo, ya que con el plan diseñado por la UTN, en marzo de 2015, podrá alcanzar su tan preciado título.

“Va a ser emocionante, ya que es muy probable que me reciba junto a David, que obtendrá su título de arquitecto”, confiesa emocionado. “Ese día me veo acompañado también por mi madre, que si bien falleció hace poco, verá cómo al fin se cumple su deseo de tener un hijo ingeniero”, dice.

La universidad obrera

Desde su creación la UTN fue conocida como la universidad obrera y sus postulantes debían cumplir con la condición de trabajar en algún taller, fábrica o industria de cualquier tipo para ser aceptado. Así fue como en el ’78 se sumó Roberto Quiroga, un joven chofer de camiones, que durante los seis años de cursado se nutrió de saberes que lo acompañarían hasta en los momentos más duros. 

“Dos décadas después tendría una prueba de fuego”, recuerda Quiroga en mención a los años 1999-2001. Con una caída récord del PBI, el país entraba en la peor crisis política y económica de su historia, uno de cada tres argentinos no podía comprar la canasta básica, y las industrias bajaban sus persianas una tras otra. Una de esas fue la fábrica de cerámicos a la que había dedicado parte de su vida y que tenía que abandonar para pasar a formar parte del 13,8 por ciento de desempleados. La maña, sus conocimientos académicos y un espíritu sanmartiniano lo llevarían a salir a flote.

Un triunfo de todos

Víctor Soria no puede quedarse callado. No es que sea imprudente, sino que su palabra es fundamental para que otros se sientan protegidos, respaldados. Él lo sabe y esa certeza es herencia de su padre, un santiagueño músico y sindicalista, y también del “abuelo Luis Napoleón”, otro santiagueño radical que grabó el apellido en las bancas del Congreso Nacional. Es difícil hacer callar una voz cuando el grito se lo lleva en la sangre.

Con el tiempo Soria dejó la facultad e ingresó a trabajar en la Municipalidad de Godoy Cruz, pero nunca se olvidó de sus compañeros y de su anhelo de que juntos pudieran alcanzar el diploma de ingenieros.

Así fue como después de mucho “recorrer pasillos” y armar proyectos, el Consejo Directivo de la facultad reconoció en 2013 el reclamo de estos estudiantes, y diseñaron un programa que permite rendir en un año las materias pendientes de la extinta carrera, cursando con un horario adaptado las materias adeudadas de un programa de estudios ahora inexistente (antes duraba un año más que ahora). El decano de la facultad, José Balacco, festejó la iniciativa y aseguró que esta “camada recuperada, con un poquito de suerte, voluntad y trabajo, se convertirá en un triunfo para toda la universidad”.

 Fuente: Diario Vox